Todo alrededor hablaba de excitación, de piel, de deseo, de cuerpos rozándose en una marea de estímulos. Nada allí parecía hecho para la ternura. Y sin embargo, en medio de ese exceso, ocurrió lo improbable.
Ella me tomó la mano. Con la otra dibujó un pequeño gesto de protección, como si quisiera preservar ese instante del ruido, del roce, de lo ajeno. Me miró a los ojos y dijo:
— ¿Sabés qué? Te tengo cariño. Te quiero.
Me sorprendió. Recién nos estábamos conociendo. Y fue justamente esa distancia entre el contexto y sus palabras lo que despertó en mí un impulso súbito de cariño. De reciprocidad.
Le dije:
— Yo también a ti. Sea lo que sea que pase con nosotros, siempre nos encontraremos aquí.
“Siempre nos quedará París.”
Después vino una relación sólida, verdadera, intensal. También su desgaste. Factores internos, presiones externas, malas decisiones. Nada lo suficientemente grave por sí solo, pero suficiente en conjunto para erosionar incluso la posibilidad de seguir mostrándonos cariño cuando todo terminó.
La ternura, se convirtió en indiferencia, los pequeños pactos en ideas en acuerdos no honrados.
Y ahí, la tristeza, no haber podido sostener aquel pequeño pacto silencioso nacido en medio del ruido.
Pero aquel instante permanece, intacto, suspendido en la memoria.
Como una verdad primera.
Como un amor que existió antes de tener historia.
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