Los árboles perennes
ya pelados frente a mi umbral
acarician, inertes, las estrellas
en la noche despejada.
Naturalmente la noche,
otrora gris y lluviosa,
hoy está abierta y solitaria
de su madre, la luna,
que se escondió fugitiva.
Una brisa fría
recorre las aceras borrando
las evidencias del otoño
que pasó desapercibido.
Y los pájaros,
en las madrugadas de mayo,
cantan la despedida
del marchito marrón-amarillo vestir.
Montevideo, 27 de mayo 2009
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